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LOS COLECCIONISTAS DE CRÁNEOS (Cap. 2, 1º parte). Eladio Romero PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Eladio Romero   

CAPÍTULO 2 (1ª parte)

          Binéfar (Huesca), lunes, 15 de diciembre de 2008. 8.12 de la mañana

          Aquella mañana, mientras tomaba su vaso de leche de soja, Adrián no hacía más que darle vueltas a cuál había sido la causa de que el curso escolar hubiera comenzado con una impronta tan funesta. No sería hasta más tarde, ya desencadenados los acontecimientos venideros, cuando se convenció a sí mismo de que el Sierra de San Quílez, el centro de enseñanza en el que día tras día transcurría miserablemente su existencia, estaba marcado por el sello funesto de una maldición eterna.  

          - ¿Y tú quién crees que nos ha podido echar ese mal de ojo? –le preguntó a su compañera, más preocupada en comer sus nueces que en escuchar al profesor. Desde hacía ya cerca de un año, en aquella casa se había impuesto por decreto la dieta sana, y ahora sus cuatro habitantes vivían bajo un estricto régimen lastrado de vegetales donde no tenían cabida las grasas, las calorías o cualquier otro desvarío alimenticio. Solo en circunstancias muy especiales, generalmente durante la cena, permitía Adrián que la hembra de la casa se regalara con un pedacito de jamón de York.  

          - Lo sé, lo sé, sé que siempre estoy exagerando y que no debería quejarme. Conozco tu opinión. Eres como todas esas madres con las que me encuentro en las tiendas, que no hacen más que lanzarme indirectas sobre los muchos días de vacaciones que tenemos los profesores.

          La compañera de Adrián le miraba con unos ojillos negros y enormes, a la vez que balanceaba su boca sobre la nuez que seguía masticando. Una damita simpática, dulce y cariñosa, poco habituada a expresar los habituales reproches propios del matrimonio. Sin embargo, el profesor, al observar su mirada, generalmente encontraba en ella algún tipo de censura acaso atribuible a su propia mala conciencia.

          - Lo siento, chiquitina, son cosas mías. ¿Te he dicho ya que hoy nos vuelve a visitar la bruja de la inspectora? ¿No? Pues dicen que viene a revisar nuestras programaciones anuales. Las tonterías de siempre, ya sabes...

          La señora de la casa había acabado ya con el desayuno y ahora se limpiaba armoniosamente sus labios con aquellas manitas, gráciles y delicadas, que tanto emocionaban al profesor. En sus gestos parecía condensarse toda la dinámica belleza de creación divina.        

          - ¿Te he dicho ya que Edelmiro lleva casi dos meses de baja? En cuanto comenzó el curso se sintió mal, visitó a varios médicos y ya no ha vuelto a venir por el centro. Y la cosa parece que es grave, o al menos eso he oído en el instituto. Precisamente el único compañero con el que me entendía. Si no te importa, he decidido visitarlo esta tarde. Le telefoneé ayer y me dijo que estaría encantado, porque hasta ahora nadie salvo sus padres se ha dignado a pasarse por su casa. Desde luego los profesores tenemos lo que nos merecemos por no saber mantenernos unidos. Que un compañero enferma…, pues que se pudra. Al pobre Edelmiro lo tienen todos por un chalado, aunque es buena persona, te lo aseguro yo. Un poco alelado, con sus manías, pero buena persona. Porque Nevada, te lo he dicho un montón de veces, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

          Nevada, satisfecha con su colación, llevaba ya un buen rato dormitando bajo un paño de cocina como si la cosa no fuera con ella. En el fondo, compadecía a Adrián por preocuparse de tan insustanciales cuestiones.    

          Como cada mañana, el profesor la observó con una mezcla de envidia y admiración. Cuando se arrebujaba bajo la tela para dormir, ocultando el azabache de sus ojos, Nevada parecía un copo de nieve pura. De ahí su nombre. Bongui, su pareja, era en cambio de color gris, de forma que en las dos camadas que ambos habían traído al mundo se había producido una curiosa combinación de colores opuestos en la que predominaba sobre todo el blanco, aunque matizado por tonalidades oscuras en los lomos. No obstante, y dada la abultada prole sumada en esos dos únicos partos (nada menos que trece retoños), también llegaron a encontrarse pelajes grisáceos con tendencia al aclarado o bien a la inversa, es decir blancos que avanzaban hacia el lado opuesto de la gama. Una verdadera delicia de la naturaleza que en ambas ocasiones produjo una enorme alegría en el profesor. Sin embargo, pronto se vio desbordado ante aquellos seres diminutos que correteaban de un lado para otro y a los que resultaba imposible controlar, por lo que no tardó en deshacerse de la mayoría entregándolos a Pilar, la dueña de la tienda de animales donde había adquirido a los padres de aquella numerosa familia. En definitiva, ahora solo conservaba bajo su techo a Bongui, Nevada y a una sola de sus hijas, Bonguita, que por mostrarse al nacer bastante esmirriada, Adrián optó por cuidar personalmente. Una decisión de la que no se arrepentía en absoluto, porque la pequeña Bonguita, tras haber superado sus problemas físicos sin demasiadas dificultades, se mostraba tan alegre y vivaracha como el que más de sus hermanos.

          Eran aquellos animalitos simples ratones rusos, los phopodus sungorus de los científicos, de no más de doce centímetros de largo pero capaces de alegrar la existencia a todo un profesor de Historia como era Adrián. Cada mañana, durante el desayuno, se entretenía con uno de ellos acariciándole el lomo e informándole de cómo se presentaba la jornada. Por la noche les limpiaba sus casitas y cambiaba los calcetines roídos que utilizaban como mantas mientras ellos le mordían suavemente los dedos, acaso en señal de agradecimiento o buscando lamer el sabor que estos desprendían tras manipular el queso fundido con que Adrián se solía cenar. Todo lujo gastronómico muy alejado de las verduras del mediodía. A diferencia de los humanos, los ratones rusos jamás protestaban ni le llevaban la contraria, sabían agradecer sus atenciones y siempre parecían comprenderle, de ahí que se entendiera tan bien con ellos.

 

Modificado el ( viernes, 23 de enero de 2009 )
 
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