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LA CHICA DE LA CURVA (LEYENDA URBANA)
Desde luego que con aquel coche no se podía ir por ahí, de pueblo en pueblo, ofreciendo servicios de seguridad y consejos de autoprotección, la gente iba a pensar que estaba como una cabra. Así lo pensaba Anselmo desde el mismo día en que se subió a aquel cacharro, que más que un automóvil parecía un blindado combatiendo en las Ardenas y para colmo no llevaba matrícula. Aunque el motor funcionara de maravilla, circular con un Dogde Dart de los años sesenta a las alturas del siglo XXI resultaba como mínimo una excentricidad, precisamente por tratarse del mismo modelo que usaba el almirante Carrero cuando le hicieron saltar por los aires en el Madrid de 1973. Con el añadido de que, sin el correspondiente pasaje al completo, superaba con creces las dos toneladas de peso. En fin, que a pesar de sus protestas, manifestadas tanto verbalmente como por escrito ante el gerente de la Empresa, allí estaba Anselmo conduciendo aquel cacharro y recorriendo las diversas carreteras secundarias que enlazaban los pueblos de Teruel, provincia que le había tocado en suerte a la hora de repartir el mercado de servicios. - No bastaba con el coche, no. Encima me dan una ruta donde para encontrar un cliente hay que pasar antes por todos los santuarios marianos, más que nada por ver si se produce el milagro. ¿Es que no podrían haber encontrado algo peor? –protestaba el empleado con cierto fatalismo en la voz - Serenidad, amigo Anselmo, serenidad –intentaba calmarle el gerente-, pronto llegarán tiempos mejores. - ¿Tiempos mejores? No sé, me siento muy infravalorado en esta empresa. A veces pienso si no se tratará de eso que ahora llaman mooving, el acoso sicológico que aplican algunos jefes sobre sus empleados para hacerles la vida imposible... - Pero hombre de dios, no se ponga así, que no hay para tanto. - No hay para tanto, no hay para tanto... Un día de estos me voy a despedir a la francesa y les voy a dejar con todo el fregado - Querido Anselmo, sabe perfectamente que usted jamás podrá despedirse de nosotros, así que paciencia y barajar. De todas formas, veré que puedo hacer en las altas instancias, ya sabe usted cómo son, aunque siempre hay posibilidad de mejora. - A ver si es verdad –concluyó Anselmo mientras se dirigía sumisamente hacia el vehículo. Una vez dentro, puso en marcha el motor y este comenzó a actuar dejando oír un susurro monocorde. Como ya viene dicho, pese a sus años el Dogde Dart mantenía impecable su mecanismo. Menos mal, pensó Anselmo, solo me hubiese faltado tener una avería.
Durante casi dos horas, Anselmo estuvo circulando de un lado a otro, disfrutando incluso de una agradable y refrescante tormenta de verano de esas que suelen ir van acompañadas de granizo, aunque en esta ocasión tal circunstancia apenas llegara a manifestarse. El recorrido, realizado sobre una carretera irritantemente solitaria, le provocó algunos instantes de abatimiento invencible, obsesionado como estaba en que la empresa no le trataba con demasiada justicia. Después de tantos años en nómina, era poco menos que un ultraje mantenerlo todavía como trabajador de campo en lugar de trasladarlo a alguna de las casas que la empresa mantenía por todo el país, donde el trabajo resultaba más reconfortante y no había espacio para el aburrimiento. Y es que, para más INRI, la radio del Dogde, que por supuesto no disponía de reproductor de cedés, ni siquiera funcionaba. Semejante displicencia comenzaba a resultar intolerable e insultante, y Anselmo se mostraba cada vez más reluctante a aceptarla. Afuera se había levantado una breve niebla que dificultaba un tanto la visión de la carretera. Tal circunstancia motivó que el pobre empleado estuviera a punto de provocar un accidente cuando, junto a un espacio donde el arcén se ensanchaba hasta encontrarse con el bosque, apareció una muchacha ejercitando el inconfundible gesto del autostopista. El frenazo con el que tuvo que detener su vehículo dejó sobre el asfalto una negruzca mancha de goma que sin duda le obligaría a revisar los ya gastados neumáticos. Anselmo observó a la chica como solía hacerlo con todas las mujeres desde hacía muchos años, calibrándola de arriba abajo en fracciones de segundo. Parecía hermosa, entre diecinueve y veintiún años, aunque decantándose por los veinte, pantalón ceñido, top veraniego mostrando un tierno ombligo traspasado por el inevitable aro, melena color castaño, busto ajustado aunque solvente; por detrás, ya se vería... En fin, la típica adolescente que parece haber perdido el norte, aunque tampoco se preocupe por buscarlo. El empleado abrió la ventanilla de la derecha mediante un paleolítico mecanismo manual para dar paso al saludó. - Buenas tardes, ¿quieres que te lleve a algún sitio? - Sí, sí, claro, voy a Linares. Está a unos diez kilómetros de aquí. La voz de la chica se le antojó al empleado tan dulce y suave como la barcarola de Los cuentos de Hoffman. - Sí, sí, lo conozco. Sube y te llevo, voy en esa misma dirección... Bueno, es que no hay otra. - De acuerdo, muchas gracias. La muchacha dudó entre sentarse delante o detrás, y al final, adoptando una actitud confiada, optó por acompañar al conductor. Anselmo, aprovechando la proximidad, le lanzó una mirada escrutadora aunque lastrada por la prudencia, que le permitió no obstante percatarse del gran desorden que reinaba en los cabellos de su acompañante. Entre la mata de pelo desgreñado, castaño como ya viene dicho, una hoja seca de pinaza se confundía con los cabellos. Sin duda un regalo del reciente aguacero. - ¿Te ha cogido la tormenta? –preguntó el empleado una vez que hubo retomado su camino. - Sí, había salido de excursión por el bosque y todo me ha venido de sorpresa. No sabes la que se ha montado en cinco minutos... Fíjate como llevo las zapatillas. Antes de subir, me las he limpiado para no ensuciarte el coche, pero aún queda barro... Efectivamente, el calzado deportivo que portaba la joven, aparentemente oscuro en su origen, había quedado completamente cubierto de una capa de barro y hojas adheridas. - ¿Y venías de Linares? –continuó investigando Anselmo. - Claro, hay un sendero muy bonito que atraviesa el bosque y pasa junto a unos manantiales. Es que a mi me gusta mucho caminar sola, más que nada por ir pensando en mis rollos y mis cosas, no sé si me entiendes. - Más o menos. ¿Y no llevabas nada?, ¿una bolsa o algo parecido? - Una mochila con agua, un par de bocadillos de comida y un libro. Quería pasarme un rato sentada junto al manantial merendando y leyendo El código da Vinci, ese libro de tanto éxito, pero en cuanto han empezado a caer gotas y algo de granizo me he puesto a correr dejando las cosas por el suelo. Ha sido todo tan repentino... Una tarde de estas volveré a por la mochila, aunque imagino que con tanta agua del libro ya no quedará nada. En fin, qué le vamos a hacer... Y ahora que lo dices... La muchacha, moviéndose dificultosamente en su asiento, rebuscó en el bolsillo trasero del pantalón hasta encontrar una abultada cartera de piel de la que sobresalían varios papeles arrugados. Observó detenidamente en su interior y al final suspiró como aliviada. - Menos mal que no he perdido la documentación –exclamó-, en la carrera se me ha caído la cartera, aunque parece que no falta nada. Dinero tampoco llevaba mucho, pero me hubiera sabido mal perder mi carné de conducir. Es que lo tengo desde hace un par de semanas, ¿sabes?, no debería decirlo, pero me costó dios y ayuda sacarlo. Tuve que examinarme tres veces del teórico y seis del práctico, porque no había forma de aparcar correctamente..., al menos y como exigía el examinador. Anselmo comenzó a sospechar que aquella joven era una de esas personas habladoras, incapaces de dominar su incontinencia verbal y que lo explican todo, incluso mostrando corroboraciones documentales o materiales de los hechos que narran. Eso fue lo que pensó en cuanto tuvo ante sus narices el permiso de conducir que la muchacha, tras extraerlo de su cartera, le había mostrado sin pudor. Su actitud desenvuelta era de las que podían llegar a asustar a cualquier ser humano mínimamente compensado. Temiendo que indagara de nuevo en la cartera, enseñándole un surtido de fotografías ecológicas o de alguno de sus animales de compañía (por el aspecto juvenil, no le supuso todavía madre), Anselmo desvió el rumbo de la conversación hacia otros derroteros. - Perdona que me meta donde no me llaman pero, ¿ibas sola por el bosque? - Pues sí -respondió sorprendida la joven-, no necesito a nadie que me acompañe. Aunque eso no significa que desprecie una buena compañía. - ¿Y sueles hacer autostop como hoy, así, sola? - No todos los días, pero sí cuando surge la ocasión. Aunque ahora, con el carné... Lo que ocurre es que mi padre no quiere dejarme el coche porque, según dice, no tengo experiencia. Yo le respondo que si no me lo deja, difícilmente podré coger práctica, y así estamos, aunque imagino que al final claudicará. Mientras tanto, no me importa seguir con el autostop, sobre todo en verano, para ir a las fiestas de los pueblos. Yo todavía estudio y no tengo dinero para comprarme un coche. - ¿Dónde estudias? - En Zaragoza, Ciencias Empresariales. - Allí te lo debes pasar en grande, sola y lejos de casa. - Bueno, se hace lo que se puede. Marcha nunca falta. De hecho, llevó seis o siete asignaturas de retraso, aunque tampoco tengo prisa. La vida hay que vivirla mientras se pueda. - A costa de tus padres. - Vaya, eres un moralista. ¿No serás profesor de secundaria? - No, ¿por qué? - Porque todos los de mi instituto andaban siempre con la misma canción, que si estudiar, que si convenía independizarse, que no debíamos abusar de nuestros padres... Una lata. La muchacha parecía un yacimiento inagotable de tópicos juveniles, relativos a esa anhelada libertad por la que tanto suspiran los veinteañeros del siglo XXI, siempre y cuando esté complementada con un cómodo hogar paterno destinado a acogerlos en los momentos de crisis, esos que suelen acontecer prácticamente a diario. - No, no –se explicó Anselmo-, a mí me parece perfecto que viváis siempre en casa de vuestros padres. Lo único que critico, sobre todo en las chicas, es ese tipo de actuaciones irresponsables y bastante temerarias como la que tú, hoy mismo, has protagonizado. - ¿Te refieres a que debía haber consultado el parte meteorológico? - No, no es eso. Hablo de ir sola por ahí, haciendo autostop. No sabes quién te puede recoger, quizá un delincuente..., porque luego pasa lo que pasa. Que si hay violaciones o, peor, asesinatos... Conoces el caso del inglés, ¿no? - Pues no, no sé de quién me hablas... –la muchacha parecía sentirse ya un tanto nerviosa, acaso algo irritada, con el nuevo tono de la charla. - Sí, mujer, el de ese tipo, Tony Alexander King se llama. - Algo me suena. - Pues se cargó a dos chichas en la Costa del Sol simplemente porque las encontró solas. Un obseso sexual, un criminal sin escrúpulos, un tarado... Ahora está en la cárcel, y gracias a nuevas investigaciones se ha descubierto que ya en su país se había cargado a otras tantas mujeres. - Me estás asustando –manifestó la chica pegando su cuerpo a la puerta del vehículo. - No, no, perdona, no era mi intención. Era hablar por hablar, desde luego no pretendo hacerte nada malo. Simplemente es que..., soy un poco, no sé cómo decirte..., demasiado sufridor. - Pero si a mí no me conoces de nada. - Ya, pero soy una persona, y no me gusta el daño que le hacen al prójimo. No en vano ejercía de policía, y conozco el percal. - Vaya, esa sí es una noticia. Así que de la pasma. ¿De qué versión?, ¿guardia civil, nacional, ertzaina, mosso d’escuadra? - Estaba adscrito a una unidad de intervención de la Policía Nacional en Madrid, pero tuve que dejarlo. - ¿Por qué?, no pareces tener edad para jubilarte. - Lo dejé por..., motivos personales, no podía continuar con aquel trabajo, a la mínima te podían pegar un tiro. - O sea, miedo. - Digámoslo así. - Vaya, pues perdona mi anterior salida. Ahora comprendo tu preocupación. Al haber conocido tantos casos, debes pensar que muchas mujeres se buscan que las maten. - No, no, desde luego no quiero entrar en una polémica machista, pero tienes razón, he visto muchos casos en los que algunas mujeres actuaron de forma imprudente y acabaron en la morgue. Ahora bien, el único culpable era su asesino, no ellas. Los hombres somos así, y algunos no saben controlar sus instintos. Como suele decirse, y perdona la expresión, la jodienda no tiene enmienda. Hay gente que en cuanto ve a una mujer se le cae la baba y no sabe contenerse. Eso mismo le pasó al británico ese, vio a una mujer sola, quiso tocarle el culo y como ella se revolvió pues la rajó con su navaja. Así de simple. Yo solo quería hacerte ver que, con la experiencia de mi antiguo oficio, debes andar prevenida y no hacer cierto tipo de cosas como la de ir sola por una carretera, y menos haciendo autostop. Recuerdo que en Estados Unidos hubo un asesino en serie que se cargó a más de cien mujeres, a muchas de las cuales las recogió con su coche. Llegado a este punto de la conversación, Anselmo consideró evitar cualquier exceso de exhibicionismo a la hora de relatar nuevas atrocidades. - Bueno, dejémoslo aquí, tampoco pretendo hacerte pensar que en todo hombre hay oculto un obseso o un desalmado asesino. Supongo que tus experiencias son bien distintas de las mías. - No creas, en parte te doy la razón, porque aunque nadie ha llegado de momento a intentar matarme, sí he tenido compañeros que se han portado como verdaderos cerdos, únicamente empeñados en meterme mano o incluso ir más allá. A veces, trabajo he tenido para quitármelos de encima. Anselmo no sabía si la chica hablaba con la verdad en la boca o por darse aires de provocadora, aunque su aspecto sin duda debía haber dado lugar a más de una abrasada pasión. De todas formas, decidió sumergir su perorata en un paréntesis, pues aparentemente había cumplido con creces su misión, una misión que consistía sobre todo en advertir a la chica de los peligros que corría andando sola por esos mundos de dios. Consultó su reloj, se removió en el asiento mientras cambiaba de marcha y observó de soslayó a su acompañante, por ver si esta mantenía la inicial confianza puesta en él o si se había puesto al acecho. Razonablemente satisfecho con lo que vio, dio inicio a los avisos de llegada tal y como acostumbra a hacerse en los aviones antes de aterrizar. - Ya debe faltar poco, llevamos un buen rato de cháchara con el tema, espero no haberte molestado. - En absoluto, ya te he dicho que en parte tienes razón, aunque tampoco es cuestión de estar siempre vigilando. Sobre todo porque, en definitiva, el peligro puede surgir de donde menos te lo esperas. No solo haciendo autostop, sino simplemente invitando a un compañero de la máxima confianza a tu apartamento. Algo así me ha pasado este curso; resulta que le dije a un amigo de clase que viniera a estudiar a mi piso, y a la media hora ya lo tenía dando la murga para que me acostara con él... - Claro, claro... –asintió Anselmo buscando olvidar definitivamente el asunto. De nuevo volvió al silencio, dejando que fuera el vehículo quien hablara. - Ahora ten cuidado –advirtió la muchacha mientras intentaba recogerse los cabellos-, dentro de poco encontraremos una curva muy peligrosa, y con la carretera mojada aún lo será más. La gente suele tener allí muchos accidentes. Al escuchar tales palabras, el empleado se dijo que no, que no podía ser, que debía tratarse de una broma. O bien una irritante casualidad, ir a encontrarse, precisamente él, con la conocida chica de la curva. Sí, sí, aquel fantasma de tres al cuarto que se dedicaba a advertir a los transeúntes solitarios, una vez que lograba convencerlos para que la subieran a su coche, de que la siguiente curva era muy peligrosa. Justo la misma curva donde ella había muertos meses atrás a causa de un accidente automovilístico. Una curva de la muerte sobre la que se tenían referencias en numerosos lugares de España, comenzando por los alrededores de La Laguna, en Tenerife, y concluyendo por la llamada curva de la viuda ceutí. Entre medias, se contaban como puntos de encuentro con el mencionado espectro el puerto castellonense de Ragudo, la barcelonesas curvas de la Arrabassada, el asimismo barcelonés puerto del Bruc, la carretera de Ojén, la curva de Majadahonda, la alavesa de La Palanca o las Siete Revueltas de Navacerrada. Una variante de la historia, nacida en la M-30 de Madrid y sobre la que Anselmo no tenía confirmación alguna, afirmaba que aquí la fantasmal muchacha provocaba la muerte de todo conductor que no se dignara a recogerla. Poco a poco, el morbo y la imaginación de los humanos había alimentado lo que era una sencilla medida de aviso hasta convertirla en la más absurda de las leyendas urbanas, bien mediante anuncios televisivos, bien a través de la literatura o el periodismo sensacionalista. Algo extraño debió intuir la muchacha cuando, al comprobar que Anselmo no decía nada, le matizó: - Oye, no irás a pensar que soy un fantasma. Cuando te he dicho lo de la curva has puesto una cara que..., si te la hubieras visto... Lo de la curva es cierto, y está a unos trescientos metros de aquí. Los muy cabrones del ministerio que sea no han colocado todavía la señal de advertencia, y eso que desde los pueblos se les ha avisado mil veces para que lo hagan. Pero en cuanto la pasemos, te prometo que no voy a desaparecer. - Bueno, debo reconocer que al oírte mencionar la curva, he pensado que querías devolverme la jugada. Yo te he asustado con las historias de asesinos, y tú con los accidentes mortales. Creía que estabas de broma. De todas formas, mientras superaba cuidadosamente la dichosa curva sin pasar de los veinte kilómetros por hora, el conductor no dejó de mirar de reojo a la chica, esperando que de un momento a otro desapareciera. Viendo que no era así, y de nuevo sobre una larga recta que enfilaba directamente hacia Linares, sonrió entre complacido y algo decepcionado, pues aquella hubiese sido la oportunidad de oro para ponerle las peras al cuarto a la empresa. Ya se imaginaba ante el gerente gritando y gesticulando inmerso en su santa ira: menuda desfachatez, mandarme a un recorrido donde la única chica solitaria es precisamente un fantasma..., pues sabe que le digo, que le den morcilla, porque yo no vuelvo a coger nunca más un volante, y menos el de un Dogde Dart; si al menos hubiese sido un Ferrari...
Abordaron el pueblo cuando era ya casi de noche y aún soplaba algo de viento, último residuo de la pasada tormenta. Varias luces procedentes de algunas farolas iluminaban tenuemente las casas, aunque en conjunto el pueblo aparecía más como silueta que como realidad. - Bueno, señorita fantasmal, hemos llegado. Como tengo algo de prisa y todavía debo continuar bastante camino, si no te importa voy a dejarte aquí mismo, en la entrada del pueblo. Supongo que no es muy grande... - No te preocupes, vivo muy cerca, a dos pasos, déjame donde quieras. - De acuerdo, antes..., si no te importa, ¿me dirás cómo te llamas? Hemos estado charlando un buen rato y no aún no sé tu nombre. - Sara, ¿y tú? - Anselmo. - Pues mucho gusto, y gracias por traerme. - No hay de qué, y aunque sigas haciendo autostop en solitario, piensa en lo que te he dicho. Hay mucho cabrón suelto por ahí La muchacha movió sonriente su hermoso rostro, como condescendiendo ante la insistencia de su buen samaritano. - Descuida, lo haré, y tú ten cuidado con las carreteras, hay muchas curvas peligrosas. Según veo, al dejar la policía te has dedicado a hacer de viajante. - Algo así –confirmó el empleado mientras cerraba la puerta de su acompañante. - Adiós, Anselmo. - Adiós, Sara Las últimas palabras de la muchacha fueron acompañadas por un gesto de su mano y una brillante mirada que permitió a Anselmo apreciar la belleza de sus ojos. En cuanto la muchacha se giró para caminar hacia su casa, el empleado apretó el acelerador y desapareció al instante del lugar. Sara, que no había oído el sonido rugiente del motor, se imaginó a su acompañante observándola, los ojos fijos en sus nalgas y en sus andares contoneantes. A fin de dejarlo en evidencia, volvió de repente su rostro para encontrarse con que en el mismo espacio donde unos segundos antes había aparcado un coche no había nada, absolutamente nada, ni siquiera una marca de neumático o una mancha de aceite.
Anselmo, el chico de la carretera solitaria, el que recoge autostopistas femeninos para advertirles de los peligros que corren al andar solas por esos mundos de dios, estaba hasta el gorro de su trabajo, un trabajo tan poco reconfortante y aburrido como el de las chicas de las curvas. Si éstas a menudo eran confundidas con prostitutas y tenían que vérselas con camioneros que solo buscaban un revolcón, él, en cambio, cuando encontraba clientela, se veía obligado a discutir debido a sus posiciones consideradas claramente machistas, hasta el extremo de llegar a escuchar ironías de mal gusto e incluso insultos. Por suerte, Sara había sido de las que al menos intentaban comprender su postura, aunque luego no le hicieran ni puñetero caso. Y todo por haber fallecido de un disparo cuando se enfrentaba con un violador. Maldita suerte la suya... |